Thursday, August 31, 2006

EL NIÑO QUE SOÑÓ CON EL CAMPO


Para aprender a soñar,soñé que estaba soñando...Yo era un niño de la ciudady tú eras un niño de campo.Los dos viajábamos juntossobre un caballo de basto.Siete sauces dormilonesmiraban dormir el pasto,y las nubes en el cielotejían mantas de huasos.Yo te regalé mi puebloy tú me regalaste el campo.Encima de un cerro alegrahabía un violín tocando.la noche cantaba en él,para hacer dormir los pájaros.¡Qué lindas cosas se vencuando se viaja de huaso!Este sueño que yo tuve,lo tuve andando en el campo,y de tanto que soñé,aprendí a vivir soñando.

zhifundias(juan manuel y zhifun yang)

Hay un día feliz


A recorrer me dediqué esta tardeLas solitarias calles de mi aldeaAcompañado por el buen crepúsculoQue es el único amigo que me queda.Todo está como entonces, el otoñoY su difusa lámpara de niebla,Sólo que el tiempo lo ha invadido todoCon su pálido manto de tristeza.Nunca pensé, creédmelo, un instante,Volver a ver esta querida tierra,Pero ahora que he vuelto no comprendoCómo pude alejarme de su puerta.Nada ha cambiado, ni sus casas blancas,Ni sus viejos portones de madera.Todo está en su lugar, las golondrinasEn la torre más alta de la iglesia;El caracol en el jardín, y el musgoEn las húmedas manos de las piedras.No se puede dudar, este es el reinoDel cielo azul y de las hojas secasEn donde todo y cada cosa tieneSu singular y plácida leyenda:Hasta en la propia sombra reconozcoLa mirada celeste de mi abuela.Estos fueron los hechos memorablesQue presenció mi juventud primera,El correo en la esquina de la plazaY la humedad en las murallas viejas.¡Buena cosa, Dios mío!; nunca sabeUno apreciar la dicha verdadera,Cuando la imaginamos más lejanaEs justamente cuando está más cerca.Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me diceQue la vida no es más que una quimera;Una ilusión, un sueño sin orillas,Una pequeña nube pasajera.Vamos por partes, no sé bien qué digo,La emoción se me sube a la cabeza.Como ya era la hora del silencioCuando emprendí mi singular empresa,Una tras otra, en oleaje mudo,Al establo volvían las ovejas.Las saludé personalmente a todasY cuando estuve frente a la arboledaQue alimenta el oído del viajeroCon su inefable música secretaRecordé el mar y enumeré las hojasEn homenaje a mis hermanas muertas.Perfectamente bien. Seguí mi viajeComo quien de la vida nada espera.Pasé frente a la rueda del molino,Me detuve delante de una tienda:El olor del café siempre es el mismo,Siempre la misma luna en mi cabeza;Entre el río de entonces y el de ahoraNo distingo ninguna diferencia.Lo reconozco bien, este es el árbolQue mi padre plantó frente a la puerta(Ilustre padre que en sus buenos tiemposfuera mejor que una ventana abierta).Yo me atrevo a afirmar que su conductaEra un trasunto fiel de la Edad MediaCuando el perro dormía dulcementeBajo el ángulo recto de una estrella.A estas alturas siento que me envuelveEl delicado olor de las violetasQue mi amorosa madre cultivabaPara curar la tos y la tristeza.Cuánto tiempo ha pasado desde entoncesNo podría decirlo con certeza;Todo está igual, seguramente, el vinoY el ruiseñor encima de la mesa,Mis hermanos menores a esta horaDeben venir de vuelta de la escuela.¡Sólo que el tiempo lo ha borrado todo

La Bella Durmiente del Planeta G


Había una vez un planeta muy hermoso. Era el planeta G, el de la eterna primavera. En sus bosques vivían graciosos venados y aves de todos los colores y larguísimas colas. En sus tranquilos lagos se reflejaban altos volcanes. Sus praderas eran muy fértiles y producían toda clase de alimentos para los hombres.
Los habitantes del planeta G vivían muy felices y daban gracias a sus dioses por la belleza de su tierra y por el maravilloso clima del que disfrutaban.
Un día se cumplieron las profecías de un viejo libro: una expedición de extraplanetarios llegó hasta el planeta y rápidamente se apoderó de él.
Los invasores eran bellos. Se parecían mucho a los habitantes de G, pero todo en ellos era perfección: los rasgos del rostro, la proporción de las extremidades, la gracia de los movimientos. Sus ojos eran fríos. Jamás sonreían.
Junto con los expedicionarios llegó el progreso: se instalaron fábricas; se descubrieron minas; se abrieron caminos; las praderas se convirtieron en inmensos campos de cultivo. Los habitantes del planeta estaban fascinados. Pensaban que los invasores, aunque no eran muy simpáticos, eran unos grandes benefactores.
Pero pronto comenzaron las desgracias para el planeta: para hacer andar las fábricas, se cortaban bosques; para explotar las minas, se usaba la madera de los bosques; para crear nuevos campos de cultivo, se quemaban los bosques. Algunos años después el hermoso planeta G se había transformado en un desierto. Sólo quedaban unos pocos animales. Las últimas aves se habían refugiado en lejanos escondites. Los lagos se habían secado o estaban convertidos en pantanos.
Impertérritos, los invasores siguieron buscando cosas aprovechables en G. Cuando ya no quedó nada que les interesara, empezaron a preparar su partida. Desmantelaron sus bases, enviaron miles de toneladas de carga al espacio y en pequeños grupos abandonaron el planeta. Un día los últimos invasores extraplanetarios se subieron a sus naves y se perdieron por el cielo. Nunca se volvió a saber de ellos. No dejaron un buen recuerdo. Nunca fueron verdaderos habitantes del planeta. Siempre fueron extranjeros. No dejaron hijos. Ninguna mujer del planeta se enamoró de ellos. Ninguno de ellos se enamoró de alguna de las bellas jóvenes de G. Poco tiempo después de la partida de los extranjeros, un hombre muy bueno y trabajador llamado Florencio, llegó a instalarse, junto con su mujer, a una de las aldeas del planeta. Todos los habitantes del pueblo se dieron cuenta de que se trataba de un hombre muy valioso y algunos años dspués lo eligieron alcalde. Todos lo apreciaban mucho. Eugenia, la mujer de Florencio, también era muy querida y respetada.
Florencio y Eugenio no tenían hijos. Pero cuando todos creían que ya no vendrían niños a alegrar la vida del matrimonio, Eugenia anunció que pronto tendría un hijo. El pueblo entero estuvo feliz con la noticia.
Poco tiempo después, Eugenia dio a luz a una hermosa niña. Sus padres anunciaron que se llamaría Esperanza.
El día del bautizo de la niña, todo el pueblo se reunió para celebrarlo. Sin embargo, la fiesta triste, muy triste. Ya no había flores para adormar las casas y los templos. Tuvieron que hacer guirnaldas de papel. En la mesa ya no había frutas ni verduras, sólo alimentos envasados en sobres. Los niños no pudieron lucir hermosas vestimentas de lana y algodón que sus madres siempre les preparaban en estas ocasiones; esta vez tuvieron que ir con vestidos de plástico. En realidad, todos estaban tristes, menos Florencio, el padre de Esperanza. En medio de la desanimada fiesta, se levantó y les habló a los que estaban reunidos:
-Poco antes que naciera Esperanza tuve un sueño muy extraño. Sentí una voz poderosa que me llamaba y me decía:
"EL NOMBRE DE TU HIJA ES ESPERANZA; GRACIAS A ELLA TU PLANETA VOLVERÁ A SER LO QUE ERA.
SÓLO TIENES QUE DESCUBRIR LOS TRES SECRETOS QUE TIENES ANTE TUS OJOS, Y NO VES, Y QUE ESTÁN ENTRE TUS MANOS, Y NO SABES USAR".
-Eso me dijo la voz. Estoy seguro de que con la ayuda de ustedes descubriré los tres secretos y así vamos a salvar a este planeta.
Desde ese momento todos empezaron a buscar los tres secretos, mientras trataban de reparar los daños causados por los invasores. Desgraciadamente, la destrucción era irreparable. El planeta G moría un poco cada día. La única esperanza era encontrar los tres secretos del sueño de Florencio. pero nadie los pudo encontrar. Pasaron los años y la situación del planeta era cada vez peor. Todos estaban amenazados de muerte.
El día en que Esperanza cumplió 18 años, tomaron una decisión desesperada: suspenderían sus vidas. No se matarían, no. Todos querían vivir. Todos estaban seguros de que algún día, gracias a esperanza, el planeta volvería a ser bello y feliz. Por ahora decidieron esperar ese día estando dormidos. Tomaron la decisión y se prepararon para dormir. Todos se ocultaron en lo más profundo de sus casas donde nadie los pudiera ver. Menos esperanza. La hermosa niña de 18 años recién cumplidos dejó abierta su ventana.
-Quiero dormirme viendo el aire, el sol, y cuando vuelva a correr el agua del estero, quiero ser la primera en sentirla. El aire, el sol, el agua...
Así se hablaba ella misma cuando un avión especialmente preparado empezó a lanzar el gas del sueño sobre todo el planeta G.
-El aire, el sol, el agua...
En ese instante se dio cuenta de algo increíble:
¡Había descubierto los tres secretos!
-¡Paren, paren! -trató de gritar.
Pero ya era muy tarde. El gas del sueño había entrado por su ventana abierta y Esperanza se quedó profundamente dormida. Estaba habitando en las oscuras regiones de la vida suspendida.
En el planeta G, todos los seres humanos dormían, pero los pocos animales que habían sobrevivido a la destrucción de los invasores estaban despiertos. Flacos y hambrientos se paseaban por los lagos secos, los cerros pelados y las praderas desiertas.
Y así pasaron los años. Muchas naves espaciales divisaban el planeta, pero al verlo desierto y sin vida humana, se alejaban de él. Algunas naves se acercaron por curiosidad, pero antes de tocar tierra sus pilotos se quedaban dormidos; las naves perdían el rumbo y aparecían por donde nadie las esperaba. El planeta tomó fama de maldito y ninguna nave se atrevía a volar por sus cercanías.
Cien años después, las cosas comenzaron a cambiar. En el planeta Tierra había nacido martín, un simpático terrícola que, aunque él no lo sabía, iba a ser uno de los salvadores del planeta G. Al cumplir 21 años, Martín era un genio de la mecánica y tenía la cabeza llena de ilusiones.
Me gustaría viajar por todo el universo -pensaba Martín-, pero me hace falta una buena nave espacial.
En ese momento vio una citroneta vieja y los restos de una segadora atómica de césped que ya nadie utilizaba porque había modelos más recientes.
-Ahí está mi nave -se dijo Martín.
-Está loco -decían-. Ese armatoste nunca va a despegar. Cuando lo eche a andar, va a explotar. Por fin llegó el día en que todo estuvo listo. La gente se subió a los cerros para defenderse de la explosión.
-¡Es un loco! -gritaban-. ¡Nos vas a matar a todos! ¡Hay que llamar a la policía!
Pero Martín no tenía ningún miedo. Se sentó cómodamente en un sofá que había instalado en su nave y, de un puntapié, puso en marcha la vieja segadora atómica y el motor de la citroneta. Se escuchó un zumbido extraño y, créanlo o no, la formidable nave de Martín se empezó a elevar.
Poco tiempo después la Citrosegatom I, que así se llamaba la nave, abandonó el espacio terrestre y empezó a circular por rutas totalmente desconocidas.
Y así, navegando, navegando, Martín llegó hasta las cercanías del planeta G.
-Qué hermoso planeta -se dijo Martín-. Está cubierto de bosques, de praderas floridas, de lagos en los que se reflejan altos volcanes. Se ven casas y caminos, pero no se ve gente trabajando.
Es algo muy raro. Voy a explorar.
Martín apagó el motor de la citroneta y de la segadora atómica y su pintoresca nave aterrizó suavemente. ¿Y saben ustedes donde se encontraba? Justamente en el jardín de la casa de Esperanza.
Después de comprobar la pureza del aire, Martín descendió en su nave. Estaba en una antigua casa rodeada de un jardín completamente cubierto de plantas y flores; cientos de pájaros cantaban alegremente entre las ramas. Martín vio una ventana abierta y miró hacia el interior de la casa. Ahí estaba Esperanza tranquilamente dormida.
-Es la muchacha más bella del universo -dijo Martín, y sin poder resistir, saltó por la ventana y besó a la joven en la frente. Tan pronto como los labios de Martín tocaron la frente de Esperanza, la joven despertó. Abrió los ojos y empezó a recitar como si fuera una letanía:
-El sol, el aire, el agua...El sol, el aire, el agua...Martín la miraba lleno de asombro.
-Descubrí el secreto -dijo por fin Esperanza.
-Ahora podemos vivir. Nos hemos salvado, nos hemos...
En ese momento, Esperanza vio a Martín que la contemplaba con ojos de admiración. La joven no sintió el menor miedo.
-Eres un extraplanetario, pero no de los que nos invadieron. Ninguno de ellos tenía pecas y menos una cara tan simpática como la tuya. Sé que me vas a ayudar.
Anda, despiértalos a todos y diles que el secreto está descubierto. ¿Qué haces aquí? ¡Corre, corre!
Y como Martín seguía inmóvil contemplándola, Esperanza se levantó de su cama, tomó al joven de la mano y partió como un celaje a las desiertas calles de la aldea. Pocos minutos después todo el pueblo estaba reunido en la plaza. Al ver su planeta cubierto de árboles y flores como en los antiguos tiempos, todos se pusieron a bailar alegremente.
-¡Paren, paren! -gritó Esperanza-. Tengo algo que contarles. Poco antes de quedarme dormida, descubrí los tres secretos que tenemos ante nuestros ojos y no vemos, y que están en nuestras manos y no sabemos usar. Estos tres secretos son; el sol, el aire y el agua. Si los sabemos usar no tendremos que destruir estos hermosos bosques que han crecido de nuevo. Ahora sólo nos queda averiguar cómo el sol, el aire y el agua podrían reemplazar a la leña que quemamos todos los días.
Se produjo un gran silencio. Todos pensaron que nadie sería capaz de adivinar el nuevo misterio que Esperanza les proponía. En ese momento, Martín pidió la palabra.
-Amigos del planeta G, la solución es muy sencilla. Hay que usar la anergía del sol, la energía del viento y la energía del agua. Yo les puedo enseñar. Haremos calefactores solares, molinos de viento y centrales hidroeléctricas. El sol seguirá brillando, el viento seguirá soplando y las aguas seguirán corriendo cristalinas, pero tendremos fuerza y calor.
Y sin soltar l a mano de Esperanza, Martín partió rápidamente a construir su primer calefactor solar, su primer molino de viento, su primera central hidroeléctrica y la primera familia formada por un hombre del planeta Tierra y una hermosa mujer del planeta G.

romanse



te adoro mucho
y te quiero mucho
y te regalo una flor
y mi amor dulse
y asepta casar te
com migo por favor
dulse amor mio
bellesa mio te quiero
besarte con mis veso
y un abraso muy fuerte
chao adios amigos.


como trabaja 5 basico


nuestro curso se reunio en el patio pare
ablar de la droga y seaprendio mucho
y asta lo que produse la droga



aprendimos mucho